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Lost in translation (los primeros días en Londres)

Como tantos otros jóvenes que se lanzan cada año a la aventura, un buen día decidí marcharme a Londres con un solo objetivo, aprender inglés. La decisión fue difícil. Dejarlo todo atrás, amigos, trabajo, familia y rutinas para desembarcar en lo incierto de una ciudad con un magnetismo especial. Londres suena grande cuando la pronuncias, y más grande cuando la pisas.

Los preparativos no fueron muchos, allí tendría tiempo para buscar habitación, un curso de inglés para jóvenes en el extranjero y todo lo demás. Ahora, con el tiempo, me llevo como lección aprendida que cuanto más tiempo dediques a preparar las cosas desde España, más dinero te ahorras cuando llegas. Pero era inexperta y entonces no lo sabía.

Al aterrizar, lo único que tenía era un número de teléfono de un amigo que se había marchado pocos meses antes y una dirección. El aeropuerto de Heathrow me impresionó y no sabía muy bien dónde ir. Tenía que llamar a mi amigo, y para eso tenía que comprar una tarjeta de teléfono. Por suerte, contaba con un poco de dinero que había cambiado en España. No obstante, libras es justo lo que no me hacía falta, pues en Londres se puede pagar con tarjeta casi hasta el pan, y el aeropuerto está repleto de lugares de cambio.

En fin, operación tarjeta de teléfono, allá voy. Eché un vistazo rápido. Me aproximé, todavía dentro del inmenso aeropuerto, a una de esas tiendas duty free donde venden un poco de todo. “Aquí seguro que tienen tarjetas, pero, ¿cómo la pido?”. El primer obstáculo lingüístico aparecía ante mí, como un gigante insalvable.

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Como cualquier español de educación universitaria, mi educación en el idioma inglés comenzó en el colegio, sobre los 12 años. Hasta que acaba la educación media, con 18, se pueden contar seis años de clases a dos horas por semana y con suerte, algún otro semestre en la universidad o curso de academia. Lo suficiente para dominar mucho más que lo básico si esta educación fuera de suficiente calidad.

Pero ahí estaba yo, con 23 años, todo ese conocimiento en mi cerebro sin querer despertar. No podía pronunciar ni una palabra. Compuse una frase en mi mente, la repensé, la pronuncié en susurros mientras daba vueltas por la estantería de las huchas con forma de cabina de teléfono. El vendedor me miraba como si pensara que le iba a robar algo. Entonces, me decidí y me acerqué a él.

¿Me puede dar una tarjeta de teléfono, por favor?, le dije. En realidad, debió sonar algo así como “du yu jaf fon card plis?.  Y para mi sorpresa y orgullo, el dependiente se agachó bajo el mostrador y volvió a levantarse con varias tarjetas en la mano. ¡Me había entendido! Me marché de allí con una sonrisa de oreja a oreja, directa a llamar a mi amigo y a comerme el mundo o, por el momento, la ciudad.

 

 

Fuente fotoprimeros dias en Londres



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